Atrapado



Una mañana, un hombre entra en los ascensores de una comunidad, se para el ascensor entre la planta 6 y la 7, “Lo que faltaba” piensa malhumorado, “y después de los días que llevo. Mi novia se marcha con mi mejor amigo, la anterior, una Leucemia se la llevó”, y toda su vida había sido así. Lee un cartel de asistencia en el ascensor,. Desesperado por el momento, llama.

– Hola, buenos días, asistencia de ascensores al habla. Soy Marga ¿Díganos en que podemos ayudarle?

– No sé si podrán ayudarme, estoy totalmente perdido, me encuentro al borde del abismo

– Disculpe caballero, creo que no le he entendido bien. ¿Está en un ascensor, en la calle Costanilla vieja, número 5?

– Sí, debe ser lo poco que tengo claro, donde estoy físicamente, porque por el resto, me encuentro totalmente desubicado

– Caballero, ¿Me puede explicar que le sucede, se ha quedado atrapado?

– No, no estoy atrapado, o sí, pero no por este ascensor, quizá estar aquí es lo único que me mantiene con algo de esperanza

– Disculpe de nuevo, pero sigo sin entender nada. Usted ha pulsado la campana del ascensor, y esto es el servicio de Rescate para ….

– Eso es justo lo que necesito, que alguien me rescate, que me ayude a ver la luz, estoy sumergido en un laberinto emocional y no encuentro la salida, solo un foso de desesperación, que me empuja a acabar con todo

– Caballero, nosotros solo nos ocupamos de sacarle del ascensor, me gustaría poder ayudarle, pero no creo que sea posible porque….

– Sí, entiendo. Marga, ¿Puedo hacerte una pregunta?

– Eh…. esto… bueno, sí claro

– ¿Eres feliz?

– Me temo que no puedo contestar a esa pregunta, este servicio es para ayudarle, y poder sacarle del ascensor, no podemos contestar a preguntas de otra índole. Así que dígame si puedo ayudarle a salir.

– No, eso es justo lo que no quiero

– ¿Cómo se llama?

– Arturo

– Lamento su estado, Arturo, me gustaría poder ayudarle…

– No respondiste a mi pregunta, y me gustaría saber tu respuesta

– Depende de lo que cada uno considere ser feliz

– ¿Qué consideras que es la felicidad, Marga, que es lo que te hace o te haría feliz?

– Buff, no tengo respuesta para eso. No sé que me haría feliz. Pero me conformaría con poco.

– Yo no soy feliz, ¿Quieres saber por qué?

– Creo que lo que diga no va a condicionar su respuesta, así que cuéntemelo.

– Porque todo cuanto he ido amando, me ha ido dejando, con un vacío enorme en el corazón

– ¿Mal de amores?

– Ausencia, todas se fueron yendo por el mismo sitio por donde llegaron. Soy un tipo peculiar, y eso puede llegar a asustar, o intimidar.

– Arturo, ¡Sí que es peculiar!

– ¿Te asusto?

– No, creo que hoy necesitaba muchísimo esta llamada, no sé quien está rescatando a quien

– Por descontado tú a mí, Marga

– No te creas, necesito saber que también se me escucha, y tengo la sensación que tú sabrías escucharme

– ¿Has tenido un mal día?

– Ya casi no recuerdo lo que es un buen día.

– Al final si que te tendré que rescatar yo a ti

– Apareces como Richard Gere en Oficial y Caballero, y adiós a mis males, al menos por hoy

– No me atrevería, pero ahora mismo, eres la única motivación para salir de aquí

– jajajaja, era una broma, como vas a sacarme de mi trabajo

– ¿Y por qué no?

– ¿Y por qué sí?

– Porque tú lo imaginaste

– Arturo, creo que tengo que abandonar la conversación, antes de que se den cuenta de que en realidad no estoy atendiendo a nadie

– ¿Cómo que no?, ¿Quién soy? Un cliente más, pues exijo el mismo trato que cualquier otro. Marga, ¿Quieres tomar un café?

– Me quedan dos horas todavía

– Pues te espero, ¿Quieres?

– Estás loco, pero sí

– Estás loca, eso me gusta

– ¿Dónde quedamos?

– ¿En mi ascensor?

– Perfecto

– No, es broma, prefiero un sitio donde pueda sentarme a tu vera y escucharte hablar, y que me cuentes.

– Nos vemos a las 8 en la Cafetería Dalmau, en la calle de la Diligencia

– La conozco

– Pues allí nos vemos

– Vale, pero…. ¿Cómo te reconoceré?

– Ah, claro, mi cara ya no tendrá el aspecto que tenía antes de entrar en el ascensor, por lo menos la de desesperación

– ¿Sabes? Yo me alegro de esa desesperación, pues si no, no hubieras tenido la osadía de llamar para pedir rescate.

– ¿Y si soy un psicópata que se dedica a llamar a las campanas de los ascensores, para embaucar a la operadora de turno, quedar con ellas y….?

– Pues… quizá sea mejor que no quedemos. ¿Lo eres?

– ¿Te atreves a descubrirlo?

– Por supuesto, carpe diem

– Hasta ahora, Marga

– Hasta dentro de un ratín Arturo

– ¿Pero cómo te reconoceré?

– Llevaré un libro, “La insoportable levedad del ser “ de Kundera

– No podía ser de otra forma

– Espérame en la barra

Dos horas más tarde, se podía ver a una pareja, en la Cafetería Dalmau, hablando muy animadamente, de lo divino y lo humano. Si alguien se asomara a las vitrinas de la cafetería, pensaría que son pareja, sus miradas se cruzan, provocando sonrisas cómplices. Nunca se sabe si tu osadía y inconsciencia pueden llevarte a buen puerto, o que te tomen por loco, pero ya lo dice el dicho,

Prefiero pedir disculpas a pedir permiso

 

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